La letra escarlata — Nathaniel Hawthorne

“¡¡Que te follen, Hawthorne!!”  ha sido el pensamiento recurrente que ha invadido mi mente durante la lectura de este… ¿soporífero? (¡es poco!) volumen.
La historia tenían un cierto juguillo a morbo, a guay, y a retorcido drama romántico que incluiría a buen seguro traición, pasión desatada y mucha moralidad de mierda… JA! PUES NANAI, DE LA CHINA!
El libro comienza cuando a Hester Prynne, aparente morenaza de armas tomar, es expuesta al populacho para mostrar un blasón A de color escarlata en la ropa. El castigo (es vox populi) es por haberse acostado con un hombre, aunque ella estaba casada (aunque su marido teóricamente ha muerto en el mar… Pero como no hay cuerpo… ¡no haber sido puritana, maja!).

Prueba de su relación extramatrimonial es su hija Pearl, que al parecer es una cria inquieta que a todo el mundo le da miedo…
De repente.. ¡TACHÁN! en un sorprendente giro argumental un misterioso Roger Chillingworth que en realidad es… ¿si? ¡si! El marido de Hester disfrazado! fanfarrias! Obviamente no quiere ser un cornudo y se mantiene en secreto mientras busca al padre de Pearl, amante de Hester y que no ha sido desvelado y que no es otro que Arthur Dimmesdale, el párroco jóven y sexy y bastante meagalllumbos que reniega de la mujer y se hace el loco durante el juicio y que se pasa la mayor parte del libro llorando y en plan quejicoso porque los remordimientos le atormentan… Y eso que vive con Chillingworth (si, en efecto, acrecenta el rollo culebrón).

Hasta ahi, yo me esperaba un estilo de novela cercano a Brontë y a una mujer oprimida por la rígida moral puritana rebelándose al destino y defendiendo la pasión de… Ni de coña.

Hester es un personaje pobre, con un potencial abrumador que se queda en una inconsistente situación de ella sientiéndose fatal y asumiendo el castigo y enfadándose con su marido secreto y defendiendo al párroco entre lágrimas. El párroco, otora considerado un personaje épico y profundo acaba siendo reducido a la consistencia de un emo de clase media, que lloriquea sin ton ni son constantemente, y el único personaje mínimamente coherente, el del cornudo, es un ser horrible y malvado por querer enterarse de quien le ha “deshonrado”.

Demasiado. Lento, predecible y una sensación de vacuidad y sopor eterno. Nunca he soportado, a título personal, la sensación de leer y leer capítulo tras capítulo y que no pase nada. Pero nada. Y todo ser humano tiene un máximo en la cantidad de descripciones de tortuosos sentimientos, y malvadas reflexiones que es capaz de soportar por minuto.

Por último, disculpen la crítica visceral. Y el discurso soez. Y aún así es mejor que la peli.

 

Artículo de Bookakke

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