La Mancha Humana – P. Roth

Todo autor tiene sus fantasmas y sus rituales, sus señas de identidad.

Johnny Cash, por poner un ejemplo clarificador, tenía la costumbre de, al subir al escenario y coger el micrófono para dar comienzo a la actuación, dirigirse al público con una ansiedad oculta bajo su voz de barítono y decir “Hellow, I’m Johnny Cash”.

Por decirlo de manera sencilla, da la impresión de que el autor del que voy a hablar hoy comienza la escritura de cada uno de sus libros con un “Hola, soy judío y la vida es una mierda”. Y de ahí en adelante ya sabe cómo apañárselas.

Por supuesto, estoy hablando de Philip Roth, premio Pulitzer, ganador del National Book Award, creador de la más-que-celebrada “Pastoral americana” y un largo etcétera. Pero se acabó el peloteo. Vamos a la chicha.

eso no sale ni con KH7

He de decir que no es la primera obra que leo de este hombre, ni, repetimos, la más famosa (acabas por cogerle manía a la susodicha Pastoral americana a poco que hables 5 minutos con alguno de sus numerosos -y poco imparciales, aunque simpáticos- fans ), pero es esta y no otra, de la que hablaré, para disgusto de los anteriormente mencionados.

“La mancha humana”, título sugerente y con una más que cachonda retranca, el libro nos habla de la historia de Coleman Silk, un viejo profesor de una pequeña universidad de provincias que, tras un incidente con unos estudiantes negros por el que es acusado de racismo, ve como su vida se va al garete.

Hasta ahí todo bien. El hombre dimite de su puesto ante el despropósito que sufre, furioso con el mundo académico que le rodea y con las mezquindades de gente inferior a él intelectualmente pero que se puede permitir juzgarle. Pero esto no acaba aquí. Al enterarse del problema, su mujer, con la que lleva media vida casado, se muere de un infarto (de la impresión, vaya), por lo que, loco de rabia, Coleman se hunde en un mundo de odio y rencor hacia aquellos que se lo han quitado todo.

Es en medio de este vivir huraño y eremita, que el protagonista trama relación con dos personas. Un escritor impotente de mediana edad (otro hombre al que la vida le sonríe) y una mujer joven que ha sido maltratada durante años, que perdió a sus dos hijos en un incendio y al que su exmarido culpa de la tragedia (toma ya, que ristra de alegrías).

 

“Y asi es como luchaban mis antepasados negros”

Ni corto ni perezoso, Coleman se hace amigo del escritor y le empieza a contar la historia de su vida. Que si fue boxeador, que si se acostaba con muchísimas mujeres (guiño-guiño), que si le encantan las artes pero escribir no es lo suyo, etcétera. Todo muy normal, hasta que llegamos al punto en el que el viejo profesor viudo, judío, odiado y sin amigos ni familia (sus hijos le abandonan tras la muerte de su madre) le confiesa que además de todo, es NEGROSí. Negro. Y diréis, ¿Cómo puede ser negro si el que hace de él en la película de Hollywood es Anthony Hopkins? ¿Qué despropósito es este? Pues bien; porque es blanco. Es un hijo de padres negros que por azar genético, ha salido de un color tan cercano al blanco que nadie lo clasificaría como negro.

De ahí en adelante las cosas se desmadran. Nuestro simpático protagonista nos describe una vida llena de sufrimientos al ser abandonado sistemáticamente por todas las chicas a las que les confesaba su secreto racial, (las cuales huían asqueadas de haber tenido sexo con él ). Revivimos, a su vez, cómo, harto de ser negro, abandona a su familia y vive en la mentira durante el resto de su vida. Finalmente, llegamos al punto en el que por una ridiculez le acusan (en falso, como es lógico) de racismo, por lo que paradójicamente, paga por haber dejado de lado a los suyos. O así lo entiendo yo (he de confesar que a estas alturas de libro solo seguía leyendo por lo gracioso que me parecía la dicotomía follacas arrepentido-impotente incómodo con la conversación).

Desde que amanece, apetece

Una vez llegados a este punto, Coleman decide que, liberado de la mentira, puede elegir vivir como le dé la gana, por lo que empieza a tirarse a la joven mujer que le limpia la casa (Nicole Kidman, para más señas) en lo que podría calificarse de una versión porno mala de “My fair lady” (la joven, había olvidado mencionarlo, es analfabeta) con una diferencia de edad de 50 años mínimo entre los contendientes sexuales.

Para rizar aún más el rizo y degradarse un poquito más, el escándalo sale a la luz (el del folleteo senil, me refiero), toda la comunidad se le echa encima tachándolo de obsceno, salido, etc. y el ex-marido de la joven mujer maltratada decide que va a matarlos a ambos por la que están montando, cosa que consigue casi sin querer, sacándolos de la carretera al ponerse a conducir en plan kamikaze. Los últimos estertores de libro son las explicaciones que nos da el escritor amigo de Coleman de lo mal que se siente por el asunto, los intentos que hace para que la gente le recuerde como a una buena persona y el encuentro final entre el asesino de la pareja y él en medio de un lago (charlan de pesca, no os hagáis ilusiones).

La pastilla Kosher, abuelo!

Un final bastante tostón, la verdad. Como justicia poética por el kaos de novela que es, se nos dice sin más ni más que el asesino de Coleman y la joven es condenado a muerte (??) y que un profesor negro de la universidad lo deja bien dando un discursito en su funeral en el que ensalza lo buen tío que era.

Poco más que decir. Es un libro que se lee bastante decentemente, un poco bastante paja mental y que da la impresión de haberse hecho de cualquier manera, pero a pesar de eso, no es un mal libro. No tanto como cabría esperar de una crítica tan a degüello, supongo

R. Jordan

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