Vaya manera más extraña de morirse

-Vaya manera más idiota de morirse- Pensó para sí mismo mientras se levantaba del sofá sin la ayuda de los brazos. Pulsó el botón rojo y el televisor se fundió en un alarde de antipatía y mal gusto. La imagen permaneció durante unos instantes congelada sobre la pantalla gris, y momentos después desapareció, dejando un molesto ruido chisporroteante de electricidad estática.

La casa en la que vivía estaba construida sobre uno de los barrios dormitorio de la ciudad. Se trataba de uno de esos lugares donde nunca pasaba nada y todo transcurría de la forma correcta. Salvo algún atropello inusual, o alguna pintada obscena, el hastío dominante lo impregnaba todo y a todos. Podía notarse en el ambiente y respirarse en el aire. Nadie elegía vivir allí por pura decisión. No era aburrido ni excitante, no se trataba de una zona segura ni especialmente peligrosa; sencillamente no era nada. Siniestros bares de copas con luces de neón abrían catorce horas al día en busca de padres de familia dispuestos a gastar lo poco que tenían apoyados en la barra. Se derretían entre vapores de alcohol y olor a tabaco rancio como angulosos muñecos de cera, y silbaban chillonas melodías aprendidas subconscientemente en la cola del paro o en el trabajo. No había mucho que hacer en el barrio, y a nadie le importaba demasiado, por lo que a menudo podían escucharse conversaciones como esta:

-¡Estoy hasta las pelotas de este gobierno!- decía uno – No hacen más que jodernos con las putas hipotecas y la subida de impuestos. ¡Ya os dije hace seis meses que esta gentuza nos llevaría a la ruina! ¡A la ruina!

-Cállate de una jodida vez, Ramírez-decía otro- Lo único que pasa es que tú siempre has sido un rojo, y no atiendes a razones. Con gente como tú no me extraña lo de las “dos Españas”. No sabéis perdonar.

-GOOOOOOL

-¡VENGA! ¡VAMOS, VALIENTES!

A continuación, el grueso del local se abrazaba durante unos segundos y volvía a ocupar el taburete en la posición original. Así solía ocurrir.

En cuanto a la vivienda, se levantaba anodina y carente de encanto. Aun así ofrecía unas gratas vistas desde el balcón del undécimo piso, desde el que podía contemplarse gran parte de la ciudad. No había sido una mala elección al fin y al cabo.

Las había habido peores, y con nefastas consecuencias, según recordaba. Salió al balcón, y no sin cierta concentración, escupió sobre el primer grupo de escolares que pasaba por la calle.
Comenzó a imaginar que su saliva formaba un tsunami de grandes proporciones que arrasaba con todo a su paso y sonrió por primera vez en días. De repente volvió a recordar cuánto le hubiera gustado que su casa estuviera edificada encima de un cementerio indio.
Cerró la ventana de contrachapado y cristal, y se movió con paso patizambo hacia la nevera, donde pensaba aprovisionarse de la primera comida del día.

-Hola pequeña, ¿Cómo has pasado la noche? – dijo el inquilino al aparato refrigerador. Por alguna extraña razón, a lo largo de su vida había comprendido que a menudo era mejor restringir las relaciones sociales a objetos inanimados. Su falta de empatía lo reconfortaba.

– Espero que te portes bien en mi ausencia- masculló entre dientes. Y cogió una botella de whiskey y unas rebanadas de pan de molde. No existía nada mejor para el insomnio. El desayuno estaba servido.

Mientras salía por la puerta camino al trabajo la radio de la cocina comenzó a aullar:

-“¡Sorprendentes descubrimientos en una finca del extrarradio!, ¡Restos Mayas encontrados bajo los cimientos! El gobierno impulsa un impuesto especial para la exhumación de los cadáveres y su posterior estudio!”.

Qhhhssssssssssss

-“¡Interrupción de la programación para ofrecer un boletín de extrema importancia! ¡Ayer por la tarde Rafa Nadal se hizo con el Wimbledon por octava vez consecutiva!¡Desde la redacción nadie puede creerse esta gran noticia. ¡Y brindamos por ella! ¡GRACIAS, RAFA!

W.K. Nikopol

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