Japón para tontos

Luffy, tus amigos no te olvidan

Siempre me he sentido atraído hacia las culturas e idiosincrasias orientales. Encuentro fascinantes la historia y costumbres de estados asíaticos, el por qué de determinadas actitudes ante la vida y la razón de las divergencias entre naciones.

De entre todas esas culturas, he de reconocer que tengo un afecto especial hacia la nipona. Japón es un país moderno y puntero en tecnología y medios, que no por ello deja de estar ligado por fuertes lazos a una tradición ancestral de respeto y sacrificio comunal. Entender su funcionamiento conlleva tener en cuenta muchos detalles que, incluso a un ojo entrenado, se le pueden pasar por alto.

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Quizás por eso encuentro tan odiosa la cultura Otaku.

El término, que en japonés actual es utilizado para referirse a cualquier tipo de afición obsesiva, se ha venido haciendo popular en Occidente por la acepción que hace referencia al gusto exagerado por el manga, anime y/o cosplay.

sempaEl delito de dicho “movimiento cultural”, la razón por la que expo-mangas varios y “semanas de Japón” diversos deberían ser hechos volar en pedazos no es la insistente (y patética) manía de cierto grupo de jóvenes granudos a disfrazarse de horrendas copias de las, por lo demás, muy buenas ilustraciones niponas (que también). El daño reside en el hecho de que ese puñado escaso (aunque creciente) de mocosos llenos de purpurina y abdominales pintados con plastidecor, que añaden a sus nombres los sufijos -chan, -kun, -san, etc.. creen entender la totalidad de una de las culturas más complejas del mundo.

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 Porque a ver, todo el mundo tiene hobbys. Y no todos suelen radicar en sentarse a charlar de Schopenhauer sujetándose el bombín. Pero hay límites.

El argumento puede parecer banal o pedante. Pero para un amante de dicha cultura, que se pasa más de alguna hora a la semana quemándose las pestañas con la luz del flexo curioseando sobre el tema, verse sustituido por esa caterva de pagafantas con espadas de cartón duele.
Y ya no digo nada de la propaganda que rodea el asunto.

Y conste que soy consciente de que a día de hoy, la cultura japonesa (juvenil) es mucho más cercana al tal Luffy o Inuyasha de turno, que a gente como Yukio Mishima o Saigo Takamori. Pero reducir al absurdo y al levantamiento de faldas de quinceañeras a un país capaz de encerrar tanto encanto resulta, como mínimo triste.

mishima-sword.lg Entender Japón no es saber cocinar sushi o servir el té adecuadamente. No es pintarse una cicatriz de pega y ponerse una cinta con una banda de latón y decir que eres el último maestro combatiente de pueblo paleto. Y por Dios que no es ir a ver “El último samurái” como si de una película histórica se tratase.

Es comprender, en palabras de los propios japoneses, la belleza de la coexistencia de la tradición más irrompible y el respeto más absoluto, es comprender al kamikaze y al calígrafo, es, por citar el título del estudio antropológico de Ruth Benedict, la pervivencia de los contrarios como parte de un todo, el crisantemo y la espada. Mal que me pese, es entender también la existencia del otaku del manga y saber cual es su papel en esa sociedad.

FairyTailSpain Cosplay GraytEl manga, el cosplay. el hentai, el anime…son fenómenos que han pasado de tener las características de un hobby a las de una secta por una serie de motivos que suelen pasarse por alto.

Pese a haber tenido siempre una rica cultura pictórica y erótica, la fuerza del cómic japonés tiene su mayor escalada en las décadas que siguen al final de la segunda guerra mundial, momento en el que el capitalismo más salvaje se adueñó de un país que se había rendido sin condiciones, profanando incluso su mayor baluarte idiosincrático, la figura del emperador.

El fandom de este tipo de dibujo y temática es el resultado de un esfuerzo continuado y abiertamente favorecido por acabar con todo lo que precedió a Hiroshima y Nagasaki y representan, a un a día de hoy, un shock para la generación anterior y un motivo de consternación entre sociólogos y padres, los cuales tienen que hacer frente al expandirse de los hikikomoris y a la pérdida de empatía y valores.

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Cualquiera tiene una katana en su cuarto, pero pocos conocen la tradición de su forja o el valor que los últimos combatientes que negaban las armas de fuego dieron a sus instrumentos de guerra. Todo el mundo ha visto un sol naciente pero pocos han leído las palabras de un kamikaze o entendido la profundidad del honor de un derrotado.

 

 

Pretender abarcar algo tan extenso y espinoso como es Japón por medio de niñatos en falda es como querer comprender España escuchando bakalao. Pero qué sabré yo, sólo soy un estudiante de provincias…

R. Jordan

La Mancha Humana – P. Roth

Todo autor tiene sus fantasmas y sus rituales, sus señas de identidad.

Johnny Cash, por poner un ejemplo clarificador, tenía la costumbre de, al subir al escenario y coger el micrófono para dar comienzo a la actuación, dirigirse al público con una ansiedad oculta bajo su voz de barítono y decir “Hellow, I’m Johnny Cash”.

Por decirlo de manera sencilla, da la impresión de que el autor del que voy a hablar hoy comienza la escritura de cada uno de sus libros con un “Hola, soy judío y la vida es una mierda”. Y de ahí en adelante ya sabe cómo apañárselas.

Por supuesto, estoy hablando de Philip Roth, premio Pulitzer, ganador del National Book Award, creador de la más-que-celebrada “Pastoral americana” y un largo etcétera. Pero se acabó el peloteo. Vamos a la chicha.

eso no sale ni con KH7

He de decir que no es la primera obra que leo de este hombre, ni, repetimos, la más famosa (acabas por cogerle manía a la susodicha Pastoral americana a poco que hables 5 minutos con alguno de sus numerosos -y poco imparciales, aunque simpáticos- fans ), pero es esta y no otra, de la que hablaré, para disgusto de los anteriormente mencionados.

“La mancha humana”, título sugerente y con una más que cachonda retranca, el libro nos habla de la historia de Coleman Silk, un viejo profesor de una pequeña universidad de provincias que, tras un incidente con unos estudiantes negros por el que es acusado de racismo, ve como su vida se va al garete.

Hasta ahí todo bien. El hombre dimite de su puesto ante el despropósito que sufre, furioso con el mundo académico que le rodea y con las mezquindades de gente inferior a él intelectualmente pero que se puede permitir juzgarle. Pero esto no acaba aquí. Al enterarse del problema, su mujer, con la que lleva media vida casado, se muere de un infarto (de la impresión, vaya), por lo que, loco de rabia, Coleman se hunde en un mundo de odio y rencor hacia aquellos que se lo han quitado todo.

Es en medio de este vivir huraño y eremita, que el protagonista trama relación con dos personas. Un escritor impotente de mediana edad (otro hombre al que la vida le sonríe) y una mujer joven que ha sido maltratada durante años, que perdió a sus dos hijos en un incendio y al que su exmarido culpa de la tragedia (toma ya, que ristra de alegrías).

 

“Y asi es como luchaban mis antepasados negros”

Ni corto ni perezoso, Coleman se hace amigo del escritor y le empieza a contar la historia de su vida. Que si fue boxeador, que si se acostaba con muchísimas mujeres (guiño-guiño), que si le encantan las artes pero escribir no es lo suyo, etcétera. Todo muy normal, hasta que llegamos al punto en el que el viejo profesor viudo, judío, odiado y sin amigos ni familia (sus hijos le abandonan tras la muerte de su madre) le confiesa que además de todo, es NEGROSí. Negro. Y diréis, ¿Cómo puede ser negro si el que hace de él en la película de Hollywood es Anthony Hopkins? ¿Qué despropósito es este? Pues bien; porque es blanco. Es un hijo de padres negros que por azar genético, ha salido de un color tan cercano al blanco que nadie lo clasificaría como negro.

De ahí en adelante las cosas se desmadran. Nuestro simpático protagonista nos describe una vida llena de sufrimientos al ser abandonado sistemáticamente por todas las chicas a las que les confesaba su secreto racial, (las cuales huían asqueadas de haber tenido sexo con él ). Revivimos, a su vez, cómo, harto de ser negro, abandona a su familia y vive en la mentira durante el resto de su vida. Finalmente, llegamos al punto en el que por una ridiculez le acusan (en falso, como es lógico) de racismo, por lo que paradójicamente, paga por haber dejado de lado a los suyos. O así lo entiendo yo (he de confesar que a estas alturas de libro solo seguía leyendo por lo gracioso que me parecía la dicotomía follacas arrepentido-impotente incómodo con la conversación).

Desde que amanece, apetece

Una vez llegados a este punto, Coleman decide que, liberado de la mentira, puede elegir vivir como le dé la gana, por lo que empieza a tirarse a la joven mujer que le limpia la casa (Nicole Kidman, para más señas) en lo que podría calificarse de una versión porno mala de “My fair lady” (la joven, había olvidado mencionarlo, es analfabeta) con una diferencia de edad de 50 años mínimo entre los contendientes sexuales.

Para rizar aún más el rizo y degradarse un poquito más, el escándalo sale a la luz (el del folleteo senil, me refiero), toda la comunidad se le echa encima tachándolo de obsceno, salido, etc. y el ex-marido de la joven mujer maltratada decide que va a matarlos a ambos por la que están montando, cosa que consigue casi sin querer, sacándolos de la carretera al ponerse a conducir en plan kamikaze. Los últimos estertores de libro son las explicaciones que nos da el escritor amigo de Coleman de lo mal que se siente por el asunto, los intentos que hace para que la gente le recuerde como a una buena persona y el encuentro final entre el asesino de la pareja y él en medio de un lago (charlan de pesca, no os hagáis ilusiones).

La pastilla Kosher, abuelo!

Un final bastante tostón, la verdad. Como justicia poética por el kaos de novela que es, se nos dice sin más ni más que el asesino de Coleman y la joven es condenado a muerte (??) y que un profesor negro de la universidad lo deja bien dando un discursito en su funeral en el que ensalza lo buen tío que era.

Poco más que decir. Es un libro que se lee bastante decentemente, un poco bastante paja mental y que da la impresión de haberse hecho de cualquier manera, pero a pesar de eso, no es un mal libro. No tanto como cabría esperar de una crítica tan a degüello, supongo

R. Jordan